Bárbara Fuentes o la poética de la vitalidad escondida
Entiendo a la plástica de Bárbara Fuentes (Monterrey, 1975) como una propuesta universal, con un estilo muy particular, al cual podría calificar como inconfundible, pero sin que esto signifique para nada repetición, sino variación permanente. Universal en cuanto anhelo de comunicación estética; individual por la esencia de tal manifestación y la voluntad de dicho anhelo. Invención constante con la misma sustancia misteriosa. Contemplar su obra representa, en otras palabras, el descenso al interior de nuestra propia naturaleza, con toda la dotación de asombro que eso lleva consigo. El universo interior, tan maravilloso y tan vasto como el exterior, se presenta aquí como oscura materia primigenia para el arte, como esencia estética. Bárbara Fuentes ha explorado esa materia, esa vitalidad escondida, la conoce, puesto que, de muchas maneras, la ha inventado con sus propios trazos, en un conjuro privado que, al mutarse en arte, se vuelve colectivo, comunicativo y nos involucra a todos. Sus obras transmiten múltiples mensajes, seducen a través de su carácter inquisitivo, cuestionador. En cierta manera, son ellos, los cuadros, los que nos observan y nos interrogan. La pintura deja de ser aquí representación y se vuelve búsqueda, anhelo de expresión (y, al final, interpretación). La voluntad de asumir una actitud artística ante la vida acerca su obra al ímpetu de los movimientos estéticos más representativos de la modernidad. El medio: la analogía; el soporte: el distanciamiento crítico (y, añado, el contraste: su rechazo al simple afán de ruptura que, como suele suceder, termina siendo, en un campo cultural dominado por los intereses de mercado, más un gesto tradicionalista que cualquier otra cosa). Voluntad de expresión y trascendencia, en pocas palabras.
“¿Quién se atrevería a asignar al arte la función estéril de imitar la naturaleza?” Esta afirmación categórica, disfrazada de pregunta, es de Charles Baudelaire. En ella se encierra tácitamente la contradictoria visión de la modernidad cultural: vitalidad y muerte de un instante siempre presente, que persigue cancelar el pasado, pero sólo lo proyecta hacia el futuro. El arte tal vez ya no imita a la naturaleza (en realidad nunca la ha imitado, sólo ha descrito al ser humano interpretándola, inventándola en cada época), pero en cambio describe la transformación humana sobre ella (esa ansia de poder que termina por aniquilar cualquier utopía). Baudelaire formula esta visión dual en su ensayo fundamental “El pintor de la vida moderna”, escrito en 1863; en ese momento el poeta habita una ciudad nueva: el París reformado por los proyectos urbanísticos del prefecto Haussman. Bulevares, cafés y un universo distribuido en vitrinas, al alcance del mejor postor (anticipo de la mercantilización del campo artístico que vivimos hoy). El artista ha perdido su “aura” sagrada, dejándola caer, como bien describe el poeta, en el fango de las nuevas calles, para ser luego pisoteada por los veloces carruajes que ya no respetan a nadie. En su oposición, el artista resalta la tradicional lucha entre la tecné humana y el gran árbol de la vida: el mundo natural. Su canto anuncia el triunfo de la técnica, pero también sus limitaciones. El peligro de la vida moderna: perder para siempre la inspiración; la salvación: hacer del arte la interpretación y la crítica de esa loca fertilidad que es el progreso (crear, pues, una poética individual y representativa de cada espíritu auténticamente artístico). La esterilidad de lo atemporal es trucada por la efímera euforia de la maquinaria contemporánea. Baudelaire lo sabe: para trascender el artista debe ahora ser más productivo, pero también mucho más selectivo: todo debe ser preciso, el lenguaje, la imagen, la experiencia estética. La evasión romántica ha terminado: surge ahora un creador crítico, un filósofo de la vida cotidiana. No imitar, sino crear. Nunca como entonces la desdicha y la soledad ante un mundo cada vez más indiferente se hace más notoria, nada queda para festejar, salvo la voluntad de seguir creando. La naturaleza ya no aparece como personaje en el paisaje artístico de la segunda mitad del siglo XIX, sólo persiste un atisbo, una sombra del idílico y seguro espacio que le otorgara la preceptiva neoclásica; pero la eliminación no es completa y pronto adquiere una significación distinta: la fuente de poder para la creación. Baudelaire negó la imitación de la naturaleza a cambio de una creación más “natural” y menos mecánica. En su balance final, el creador moderno dejó de ser una pieza más de la maquinaria moderna para convertirse en el lado humano, natural, del progreso.
Esos deseos, temores y reflexiones están presentes y se convierten en movimientos, desplazamientos continuos en la producción de Fuentes. Planteo, pues, estas líneas como la bitácora de un viaje plástico. Un recorrido a través de las distintas etapas de la obra de Bárbara Fuentes. El trayecto es retrospectivo y parte del estado presente, del momento fugaz donde originalmente se instala toda creación auténtica. Ese instante actual se encuentra en “Fuegos Fatuos”. Un plano horizontal, una mujer yaciente, apariencia y evasión tejidos con la misma materia para crear una ilusión consciente de su propio embuste. La fatuidad, sin embargo, no impide la presencia, el contacto directo con los diversos matices que envuelven la textura. Cada trazo contiene un detalle vivo, trabajado, si se me permite el término, manualmente, como si los pinceles fuesen dedos de una sola mano experta, que obedece sólo a pulsaciones internas en lugar de acatar los frívolos dictámenes de metodologías predispuestas. Los colores son la presencia de la sustancia vital que los anima y los dota de vigor. Así, la energía se concentra en “Fusión”, un díptico que sugiere la dualidad como condición , como principio creativo. Luz y sombra; presencia y ausencia, pintura y vida. Tales son los opuestos (y compuestos) de esta visión plástica. La obra “Pistilo”, por ejemplo, sugiere el centro de una flor universal como un origen, un punto de partida. También es, y de manera notable, una excelente muestra de la poética de Bárbara: la esencia de su cosmovisión, el elemento primigenio de su pintura. Allí convergen los símbolos vitales de la creación. La flor es la alegoría del nacimiento, del devenir. Pero esta flor no es ningún reflejo de alguna planta exterior, es decir, no es la descripción de la naturaleza, sino un propio proceso natural. Vicente Huidobro, el gran mago del creacionismo literario, había entendido el parto poético de similar manera al arengar a los poetas a no describir las flores en sus poesías, sino a hacerla nacer en ellas.
“Constelación germinal” y “Línea de vida” son la contraparte de la expresiones que aluden a la fugacidad. Sus trazos indican la permanencia a través del cambio y van del germen a la manifestación. De nueva cuenta aparece esa “técnica” que insufla la identidad de la obra de Fuentes. He dicho técnica, quizá debería decir, siguiendo la visión de Baudelaire, “tecné” para enfatizar la índole humanística del proceso y dejar de lado, de una vez, cualquier sugerencia a simples procesos mecánicos o disciplinarios. He aquí una de las fuentes de su poética: la voluntad de eliminar, en la medida de lo posible (de lo humanamente posible), el soporte, el aspecto meramente material. En Bárbara Fuentes no hay apología a la técnica porque ésta es parte sustancial del proceso estético comunicativo. Hay, sí, un esfuerzo por reducir cualquier tipo de mediación. Pienso sobre todo en el rechazo a rebajar al artista a simple productor de objetos ornamentales para un público que cada vez más se aleja de la condición de espectador y se convierte en consumidor de objetos manufacturados a través de fórmulas garantizadas.
El artificio es aquí un proceso inverso que retoma los elementos primordiales de la pintura (en plena era de la manipulación digital), para desde allí construir su propio lenguaje. Kandiski hablaba de la imposibilidad de revivir principios artísticos pasados, y tenía razón: Bárbara Fuentes no busca nunca la repetición (ni la reproducción) de las formas establecidas, sino la exploración de los materiales básicos, para desde allí crear imágenes inusitadas, cercanas y extrañas a un tiempo (véase por ejemplo “La playa”). Nunca mimesis, sino poeisis.
De un contacto más “orgánico” con la realidad, producto de su estancia artística en Oaxaca, proceden las obras “Semilla Negra” y “Tránsito Escarabajos”. La primera es un encausto sobre papel y en ella convergen elementos y tonos diversos: espinas, arenas y un amalgama de colores oscuros provocan la sensación de introspección, de origen. El oscuro principio de la vida, punto de encuentro de todas las posibilidades. La segunda obra complementa a su manera el proceso interpretativo: procesiones de escarabajos transitan de la vida a lo inanimado. La pintura se transforma en la ordenación del bestiario doméstico. Vasto jardín de experimentaciones formales.
La fuerza y las posibilidades expresivas de un solo color (en su infinidad de matices cromáticos), se percibe en “Mutación de color”, óleo sobre tela, o en “Marino”, donde también se sugiere la perspectiva monocromática y se funden, en solitario esfuerzo comunicativo, lo abstracto y lo figurativo, dos extremos (o mejor: dos tiempos) que en Fuentes se tocan y combinan en diversos niveles. La abstracción es, en teoría, un estado “superior”, la adultez contemplativa; aquí, no obstante, aparece como el punto de partida, el múltiple y heterogéneo origen que luego se manifestará en figura, y ésta se convertirá en símbolo ( para más adelante completar una alegoría). Así, hasta llegar al relato, a la combinación de imágenes y sentidos, como en “Inmersión”, que bien podría ser la crónica de su poética plástica. Nuevamente descenso e iluminación. Flora y fauna a un tiempo, voces intermitentes de una vida oculta. De lo monocromático a la historia en un solo y variado trazo indefinido. Encumbramiento de la imagen, de la figura; pero nunca reflejo hiperrealista, sino interpretación y transfiguración (reto constante del artista moderno).
La expresión figurativa alcanza un grado mayor en los dos murales (“Flor de Loto” y “Nacimiento de Venus”). En ellos es posible contemplar la transformación radical y la superación de las imágenes abstractas. Un término los une: el de gestación. El artificio secreto del autor moderno: el poder y la conciencia de la creación, a pesar de la certidumbre de finitud, del impulso de muerte que todo origen trae consigo. Los colores aumentan, las figuras se vuelven más nítidas, sin embargo, lo básico permanece antes como ahora. Hablo de la textura propia, vigorosa, que produce una armonía compleja en el que cada trazo ocupa un lugar significativo. De esta manera, un cuadro sugiere al siguiente, pero sin determinarlo. Dos personajes principales ocupan estos lienzos: mujer y flor, organismos vivientes y creadores, a su manera, de universos propios, particulares. Un punto anterior y constante es el proyectado en “Microcosmos”: la constelación de fuerzas ordenadas y equilibradas que dan sentido al cuadro y exploran energías secretas, latentes en todas las imágenes de Fuentes.
El desplazamiento inicia y termina en la constitución de tres manifestaciones florales, la primera en proceso de ser (“Floración”), la siguiente en pleno estado abstracto (“Flor Nocturna”), y la última en total fusión con la mujer (“Flor del Desierto”). He aquí el punto de partida de la poética de Bárbara Fuentes. La metáfora del nacimiento es más compleja de lo que parece, y más adelante ahondaré en el tema, por ahora sólo menciono que su uso no se reduce simplemente a un impulso o a una energía vitalista, sino a un proceso de aprendizaje, de conocimiento. Fuentes ha asumido el reto de la creación plástica como un proceso reflexivo que abrirá nuevas formas de comunicación. No busca un comportamiento sustentado en la fragmentación, en la desintegración del ser, sino una estética fundada en un principio de totalidad. Mencioné al principio el carácter moderno de su obra, ahora debo añadir que dicho carácter se cimienta en la noción de sujeto, de agente capaz de no sólo de crear sino de transformar. Sujeto dueño de una capacidad de acción y reflexión. En muchas maneras, su producción responde a las expectativas, estéticas y filosóficas, que Baudelaire había fincado en el creador moderno: la posesión de una vitalidad propia, escondida en la misma creación.
Los elementos fundamentales de su arte poética son, como recién sugerí, esas figuras femeninas que se funden con las plantas y demás seres orgánicos que pueblan sus obras. Ninfas, sirenas, diosas de la naturaleza, deidades domésticas: personajes de la ficción y la mitología, sin embargo, aquí ellas cobran una dimensión de realidad, pues, a su manera, se humanizan. Tanto en la obra “Viento” como en “Ninfa”, la fusión entre estas figuras y la fauna fantástica es contundente, aquí no hay rechazo o invasión, sino nuevamente armonía. Afortunada combinación de materia y significado.
Añado a esos elementos una serie de términos capitales, imprescindibles en las creaciones de Fuentes: el despertar, la gestación, el sueño, la trasgresión, el origen. Ahora bien, si reparamos un poco en ellos, nos daremos cuenta de que su punto en común es el nacimiento, la creación como un acto permanente de vida y, principalmente, como el sustento del arte. Pero ese proceso creativo conlleva desde luego una dimensión crítica. Todo acto de creación es, al mismo tiempo, una forma de reflexión. Las obras de Bárbara Fuentes transmiten ese conocimiento poético, el cual se expresa por medio de la seducción (expresión exquisita del racionamiento), del encantamiento. La seducción implica comunión, diálogo entre creadora y espectador. Ese diálogo se despliega a través de una simbología propia, única, que cada cuadro establece con nosotros. De esta manera, la sensación del recorrido, del tránsito por el mundo del arte, se convierte en una experiencia iluminadora. Es siempre el acto de descifrar, de descubrir el mundo personal, íntimo y profundo, el que ayuda a establecer este diálogo estético.
Mujer, flor y lienzo: tres procesos en incesante cambio y perpetua renovación. Cada uno es la extensión de los otros y de las otras. Su pintura se presenta como un libro infinito que siempre nos muestra una página distinta. Ni principio ni final, sólo esencia y presente. Tampoco evocación, sino ensoñación. Para ingresar al mundo plástico de Bárbara Fuentes debemos añadir a nuestra perspectiva una sensibilidad especial. Requerimos de un aprendizaje alternativo: la lectura de los sueños (en su doble significación: corporal e espiritual), el rescate de ese mundo onírico e intelectual, y la interpretación de esas simbologías nocturnas presentes en su lectura. Es una suerte de viaje de Orfeo, un descenso que al final se torna en ascenso. Sólo en la medida en que recorramos ese derrotero interno podremos salir y contemplar el mundo de manera distinta.
Así, el recorrido concluye y nosotros salimos del viaje cambiados, hemos presenciado el devenir de una estética múltiple, lo que equivale a decir, hemos accedido a una cosmología potente (la vitalidad latente en sus trazos), y ella permanecerá aquí como un registro visual del universo, como un diálogo con el campo artístico y sus vastas formas. Intento supremo por contrarrestar la hegemonía de la razón instrumental con una estética comunicativa, y ese vigor nos confirma, finalmente, el poder y las posibilidades de la pintura en la era de la manipulación digital.
EI trabajo de Barbara Fuentes da la impresión de deshojar capas – deshojar la flor, el lienzo, las capas de la piel humana. Ella descubre diferentes significados en su trabajo, destilando verdades esenciales acerca del ser humano y de los procesos naturales.
Cuando afirmo que las pinturas de Fuentes son acerca de la vida, es dicho en el sentido mas profundo. Por parte de la artista hay un deseo de analizar y constantemente reevaluar nuestra posición en la vida, de una forma que se corresponde exactamente con su propia maduración.Se pueden hacer algunas distinciones básicas entre los trabajos tempranos de Barbara y aquellos mas recientes. Sus primeros trabajos son mas monocromáticos y naturalistas, limitando el color a los tonos primarios, mientras que en periodos posteriores, sus temas tienden a ser mas abstractos y experimentales, describiendo las formas de la mente y del sentimiento. Fuentes tiene también un periodo “oscuro” que perfiló en Oaxaca, donde se mueve a través de un estado macabro poco caracteístico, usando collage y simbolismo para aprehender diferentes aspectos de la psique humana.
Sus trabajos relatan un viaje básico, del propósito de la mujer al propósito del ser humano, al ritmo de la vida en general. Esto se extiende, en su trabajo mas reciente, hacia un interés por el dialogo y la conversación en partes -completando el sentimiento romántico que apareció desde sus primeras pinturas-.
La figura femenina no solamente provee una delicada representación de la sensualidad naciente de la mujer – sino que tambien mira conscientemente al como nos orientamos nosotros mismos a través del tiempo y del espacio. Flor Nocturna, por ejemplo, inmortaliza un momento singular, utilizando técnicas cubistas para condensar desde una sola perspectiva los diferentes puntos de vista del alcatraz. Es como si la flor estuviera exhibiendo sus diferentes capas, como una persona revelando diferentes aspectos de su caracter. En lo alto del lienzo, vemos la trompeta de la flor enmarcada por la luna y el estigma como si fuera a reventar con el florecimiento de la flor. Al mismo tiempo, la cabeza de otra flor asciende desde la esquina inferior derecha, moviendose hacia delante en abstracción sensual.
Esta abundante sensualidad encuentra su camino en muchos de los trabajos artísticos de Barbara. Ellos orbitan alrededor de la mujer abstracta, o de su contraparte natural, la flor. Son altamente evocativos al incorporar formas orgánicas con un propósito esencialmente simbólico. Las formas pueden comenzar a hablar con otra voz: una semilla puede hacerlo como si fuera esperma, o un tallo de forma bastante uterina. En Ninfa, por ejemplo, la repetición del motivo de un tallo simple desde la esquina inferior izquierda hasta la esquina superior derecha, sugiere la naturaleza cíclica de la reproducción y como la mujer encuentra su lugar en ese proceso. En Flor de Loto, la figura femenina da luz a la flor que la acuna, simultáneamente representando los fenómenos de la gestación y el nacimiento.
En trabajos posteriores, Fuentes hace uso del tiempo y del espacio de una forma cada vez más compleja. Pinturas como La Playa son mas intrincadas en la manera en que la artista cruza dimensiones figurativas. Fuentes combina sus ideas de tiempo, espacio y elementos -Ia ballena es plasmada con la luna, la figura acompaña al paisaje y los pájaros son reflejados en un plano horizontal-. La Naturaleza esta presente como una unidad, y el tiempo y el espacio son dimensiones dentro de ese agujero.
Esta “tridimensionalidad” se vuelve más prominente en los trabajos recientes de Barbara Fuentes. La geometría temprana toma forma en papeles collage y se presenta físicamente como rompimientos en el lienzo. EI abismo físico entre las tres partes del tríptico Línea de Vida representa un cambio radical en el vocabulario de Fuentes y por lo tanto es de gran importancia:
“La tridimensionalidad existe en tu mente tambien – que quieres poner ahí en el espacio en blanco? Es para ti”
El espacio es una barrera enigmática, una desconocida distancia entre las partes. En Viento, expresa el desafío de agrupar elementos libres -el viento libre y la forma natural Línea de Vida da la impresión de que el espacio es necesario para ser objetivo. Cada panel representa diferentes fases dentro de la propia carrera artística de Fuentes. EI que está a la derecha expresa su temprano interés en la geometría, el de la izquierda su mas reciente revisión de la figura humana. Los paneles pueden ser vistos independientemente, pero como los humanos, necesitan su otra parte para completarse.
El más central de los recientes trabajos de Barbara es posiblemente Fuegos Fatuos, que ofrece una revisión intemporal de los temas clave de Fuentes. La pintura exhibe a una mujer en una cama de rosas, su elongación sugiere el constante paso del tiempo. EI trabajo puede ser leído como transiciones de muchas clases -de nacimiento, de la pérdida de la virginidad, de los movimientos de la vida-. Esencialmente describe el paso hacia la muerte. EI rectangulo cubista a la izquierda funciona como una puerta entre las dos esferas. Inusualmente, el cuerpo es de un azul tranquilo, mientras que el exterior es cálido y rojizo.
El espíritu de la vida está cruzando ahora. Y al parecer en sus trabajos actuales, la versión de las ideas esenciales de Fuentes da tremendo potencial para una nueva interpretación y significado.
En la obra de Barbara Fuentes, podemos advertir una sólida formación técnica y plástica a través del dibujo, manejo del color y composición. Su temática es una interesante visión integral del hombre y la naturaleza; formas orgánicas que se transforman en figures femeninas realizadas con líneas sinuosas y curvas que acentúan la delicadeza de lo presentado.
Observamos en su pintura, espacios, superficies y oquedades que estimulan nuestra imaginación. Así permite al espectador encontrar multiples lecturas de la obra, mujeres, flores, seres híbridos, reproducción, tuneles, papeles, formas… en una mancha podemos apreciar el universo, o un oceano, o para los que carecen de fantasia, simplemente una interesante mancha lograda con la experimentación de una técnica vanguardista, según nuestro entorno e imaginación en sus cuadros encontramos un mundo abierto.
A partir de éstas imágenes logra una nueva figuración al geometrizar su espacio con lines rectas y diagonales que segmentan las figuras, produciendo, nuevos planos a través de luces y sombras; ofreciendo así, una visión geometrica casi abstracta de la obra. Juega con los contrastes, va de la rígida geometría a una suave plasticidad; utiliza colores contrastantes que denotan, al mismo tiempo, fuerza y armonía; juegos que, como sabemos, están presentes en su fuente de inspiración: la naturaleza.
De la observación de la obra de Barbara Fuentes podemos concluir su amor a la naturaleza, su optimista y jovial feminidad, su dedicación y entrega a la pintura, que le auguran un futuro peometedor dentro de las artes plásticas.
Erotizando las formas, se funde lo vivo; la geometría armoniza los opuestos y los viajes se vuelven testimonios. La “polinización” es una colonia; entre cuerpos y ramas, el espectador alcanza a advertir extremidades entrelazadas: extremidades de vida, de pasión.
Sus obras giran sobre una misma línea: la celebración de la vida, de la reproducción y el triunfo del dinámismo orgánico sobre la muerte.
Las visiones de Barbara Fuentes se manifiestan a través de una nueva figuración. Sus trazos, personajes, traslados espaciales y temporales son producto de la observación, imaginación, dominio de la técnica y experimentación.
“Paisaje lunar”, “Los Primeros Habitantes”, son desplazamientos cósmicos que aventuran proyecciones que combinan lo lúdico con lo surreal. La imagen de la mujer y la flor como fuentes dadoras de vida y naturaleza son recurrentes en la obra de la pintora.
Barbara Fuentes juega con la melodía que entona la naturaleza, la combina, la fusiona, la funde obteniendo como resultado una mezcla única, propia.